lunes, mayo 02, 2011

De la santidad y otras pestes

La santidad, lejos de ser una señal de la intervención de Dios en los asuntos terrenales a través de unos cuantos escogidos, no es más que un resultado de los vientos políticos. Los santos son santos no porque Dios lo quiera, ni porque hayan en verdad oficiado milagros inverosímiles, como multiplicar panes o curar leprosos, sino porque al poderoso de turno le conviene que lo sean. Si no me creen, ahí está el ejemplo de Luis IX de Francia, el bisnieto energúmeno de Hugo Capeto que hizo construir la Sainte-Chapelle como celebración de la sangre que él y sus aliados cruzados derramaron en las mal llamadas Tierras Santas, y que fue canonizado sin chistar apenas 27 años después de su muerte por Bonifacio VIII sin que la historia haya tenido tiempo de juzgarlo por sus acciones non-sanctas.

Podría escarbar en la vida de cada santo que ha canonizado la Iglesia de Roma, y encontraría allí más favores políticos y arreglos maliciosos con los poderes terrenales, que manifestaciones piadosas de naturaleza divina. Pero no tengo el tiempo ni las ganas. Mejor detengámonos en el último ejemplo, tal vez el más mediático de la historia.

Lo que se multiplicó durante el papado de Karol Wojtyla no fueron panes, sino abusos sexuales por parte de los curas. De lo que se curó a la Humanidad durante el mandato del "Papa viajero" no fue de la lepra, sino del aún más asqueroso cancer del Comunismo, por supuesto. Lo que se predicó no fue el amor al prójimo, sino el rechazo a los preservativos en tierras azotadas por el sida. Pero Juan Pablo II también será santo, más temprano que tarde, y poco tiempo después se aparecerá en las paredes húmedas de una familia humilde de Malambo, Atlántico.

Tan volátil es la naturaleza de la santidad, que un triunfo de la Unión Soviética en la Guerra Fria habría seguramente relegado al polaco más famoso después de Copérnico a un muy modesto paso por la historia. Pero fue la fé católica y capitalista la que triunfó sobre el ateísmo autoritario de los soviéticos, y entonces tenemos que aguantar otro espectáculo más en la plaza de San Pedro, y no tardarán algunos fanáticos en decir que la muerte del impío terrorista Bin Laden es la primera acción piadosa del nuevo beato.

Mientras tanto, los obispos siguen confesando como "jugaban" con los muchachitos abusados y para siempre traumatizados por la sed irracional producida por el celibato, y el Vaticano se sigue enriqueciendo a costa de la fe ciega de quienes no encuentran otra salida a su miseria que la promesa de una vida de riqueza espiritual en el Paraíso, al lado de Karol Wojtyla y de los demás piadosos santos. Mientras tanto, en fin, las doctrinas de la Iglesia siguen siendo el opio del que se nutren los líderes mundiales para seguir dándole esperanza a los pueblos cansados, ignorantes y miserables.

Yo, por eso, no celebro la beatificación del polaco, ni la muerte del saudí. Porque en la oscuridad de las mentiras mediáticas se puede quedar enredado para siempre nuestro futuro. Y yo prefiero verlo venir.

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