jueves, septiembre 25, 2014

El Mecanismo de Antikythera

En ocasiones el ingenio humano se pierde en el mar de los tiempos, y es necesario que el azar haga de nuevo visibles las hazañas intelectuales de quienes nos precedieron en la empresa ingente que es la comprensión de la Naturaleza, de sus designios y mecanismos. Estas hazañas, a menudo sorprendentes, se pierden de otra manera para siempre en el fango de los siglos, para desgracia de quienes nos preguntamos cuáles fueron las rutas que nos llevaron de la vida en las cavernas a las certezas de la ciencia moderna. Por fortuna no fue éste el destino de unos de los artefactos científicos más intrigantes de la arqueología y la astronomía: el mecanismo de Antikythera, descubierto a principios del siglo XX por marineros griegos entre los restos de un naufragio que había tenido lugar dos mil años atrás cerca de las costas de la isla griega que le da nombre al mecanismo.
Es el año 86 antes de Cristo, y la flota de guerra del general romano Lucius Cornelius Sulla, el único hombre en la historia que logró conquistar en el curso de su vida las ciudades de Roma y Atenas, regresa triunfal hacia Italia luego de haber saqueado la antigua capital de Pericles. Entre los tesoros del botín se encuentran numerosas obras de arte, entre esculturas y utensilios, algunas de las cuales datan del siglo 4 a.C., y que para el naciente Imperio de Roma (entonces ya una tambaleante República) representan la materialización de su creciente capacidad militar en el ámbito del Mediterráneo. En las bodegas de uno de los quinquiremos viaja también, tal vez desapercibido para los agrestes soldados de Roma, acostumbrados a la rudeza del combate y poco familiarizados con las especulaciones científicas, un complejo artefacto compuesto de más de 30 engranajes y discos de bronce con detalladas inscripciones que representan los 365 días del calendario egipcio, la constelaciones del Zodíaco y las fases de la Luna. El mecanismo, construído poco tiempo atrás en la Isla de Rodos con base en los modelos astronómicos de gran Hiparco de Nicea, es capaz de calcular la posición del Sol, la Luna, y probablemente también la de los cinco planetas conocidos en la Antigüedad, en cualquier fecha deseada y con una precisión que no volvería a ser posible para este tipo de cálculos sino hasta bien entrada la Edad Moderna. No llegarían los astrónomos romanos a utilizar el mecanismo ni a estudiar sus secretos, pues a la altura de la isla de Antikythera, entre Creta y el Peloponeso, un naufragio inesperado se tragó el quinquiremo romano con todas sus riquezas y las escondió para la Humanidad por dos milenios.
Muy pocas piezas del mecanismo sobrevivieron a la corrosión de los siglos, al punto que quienes por primera vez pudieron verlo tras su redescubrimiento en el siglo XX no lograron descifrar su propósito, y se preguntaban si el artefacto era un análogo de los astrolabios que usaron los navegantes del siglo XVI para medir las posiciones de los astros. Fueron necesarios otros 50 años de investigaciones para sacar a la luz el verdadero funcionamiento de esta joya de la tecnología clásica, y hoy sabemos (aunque las investigaciones continúan) que se trata probablemente del computador análógico más antiguo de que se tenga noticia. En efecto, el estudio de los engranajes, los discos y las inscripciones, y su comparación con los modelos astronómicos del mundo antiguo ha permitido establecer que el complejo artefacto era capaz no sólo de medir el paso del tiempo y de calcular las posiciones planetarias, sino que además podía predecir eclipses y reproducir ciclos astronómicos importantes como el ciclo de Saros y el ciclo Metónico. Se trata, desde todo punto de vista, de una instrumento cuya construcción requería un refinadísimo conocimiento astronómico y técnico. Hasta el redescubrimiento del mecanismo de Antikythera, nadie creía que el conocimiento del mundo antiguo fuera capaz de tal hazaña.
Para tener una idea de la relevancia del descubrimiento, tal vez valga la pena mencionar que un mecanismo astronómico de tal complejidad no volvió a ser construido por la Humanidad sino hasta mediados del siglo XIV, cuando los primeros relojes astronómicos, como el que aún funciona en la torre del antiguo Ayuntamiento de la ciudad de Praga, fueron construídos para decorar los templos cristianos de la Baja Edad Media. Aún más increíble es el hecho de que el nivel de precisión alcanzado por los engranajes del mecanismo de Antikythera en algunas de sus predicciones astronómicas sólo fue igualado por experimentados relojeros del siglo XIX. El bagaje científico que implica la construcción de este aparato estuvo perdido por más de mil años en las profundidades del mar, hundido en un barco de guerra cuyo propósito era el saqueo. Tal vez en Roma alguien habría entendido sus designios, y habría transmitido al Imperio de Julio César los conocimientos allí contenidos. Tal vez así habríamos ahorrado mil años de oscuridad y estaríamos ahora más allá de la discusión de la amenaza nuclear y el calentamiento global, viviendo de manera sostenible en colonias en la Luna y en Marte. O tal vez era necesario que la astronomía del mecanismo de Anikythera se perdiera en el fondo del mar para que su redescubrimiento nos recordara las oportunidades que nos arriesgamos a perder si dejamos que otros barcos de guerra modernos, otros dogmas y otros intereses nos alejen de nuestra naturaleza como descubridores y curiosos exploradores. Para mí eso está bien, siempre y cuando hayamos aprendido la lección.
P.S. El mecanismo de Anikythera está expuesto en el Museo Nacional de Arqueología de Atenas, junto con varias de las obras de arte encontradas en el naufragio. Allí se pueden encontrar también reconstrucciones modernas del mecanismo completo. Por su parte, el reloj astronómico de Praga se encuentra en la vieja Plaza Central de la ciudad, y su funcionamiento se ilustra aquí.

Somos de polvo

Son numerosas y bien conocidas las contradicciones entre la versión cosmogónica presentada en la Biblia judeo-cristiana y los hallazgos de la razón durante el largo recorrido del método científico, desde los experimentos de Galileo en Pisa cuatrocientos años atrás, hasta los recientes hallazgos en el Gran Colisionador de Hadrones del CERN, en Suiza, que apuntan a la existencia de una partícula elemental (el bosón de Higgs) que explicaría por qué los demás cuerpos del universo poseen masa. En un intento por reivindicar algún tipo de influencia divina en el funcionamiento de la Naturaleza, algunos han dado en llamar al bosón de Higgs “la partícula de Dios”, atribuyéndole (al menos nominalmente) un carácter divino a un fenómeno cuya verdadera esencia se encuentra en las predicciones de la física de partículas.
Tal vez las más famosas desavenencias entre la cosmogonia bíblica y la ciencia moderna tienen que ver con el origen del Universo y con el origen de la Humanidad, y han sido motivo de largos y complejos escritos y debates, entre los cuales se destaca el reciente diálogo entre el biólogo Richard Dawkins y el obispo de Canterbury en la Universidad de Oxford (del que, dicho sea de paso, Dawkings salió bastante mal librado, para desagrado de quienes coincidimos con su punto de vista). Dejemos pues de lado la discusión entre el creacionismo y la evolución darwininana, o entre el Big Bang y los seis días sagrados del Opus Dei, temas en las que se ha gastado ya demasiada tinta, y centrémonos por esta vez en una coincidencia que curiosamente surge de la interpretación literal de una frase del Génesis que nos recuerdan los curas en misa y que reza textualmente: “Polvo eres y en polvo te convertirás”.
En efecto, si se le preguntara al más recalcitrante de los creacionistas y al más ateo de los astrónomos si es verdad que somos polvo y que nuestro destino es volver a ser polvo, no tendrían otra opción que estar de acuerdo, dado el estado actual de nuestro conocimiento sobre el origen de los sistemas planetarios, donde eventualmente surge la vida. Aunque la coincidencia no iría más allá de la interpretación literal de la frase, pues el polvo al que se refieren uno y otro difieren en naturaleza, forma y cantidad, no deja de ser interesante que en medio de tantas afirmaciones erróneas que hace la Biblia sobre la causa de nuestra existencia, una de las frases allí escritas pueda describir de una manera tan acertada un hecho científico que ha sido corroborado por las más detalladas observaciones astronómicas.
Como el agua en la superficie de la Tierra, que en un ciclo de transformaciones físicas pasa de los líquidos océanos a las nubes en forma de vapor y luego regresa a los mares arrastrada por los ríos del planeta, también el material que dio origen a nuestro planeta y uno de cuyos principales componentes es el polvo interestelar, es de naturaleza cíclica. Pero todo ciclo tiene un comienzo. Los elementos químicos pesados de los que se formaron las primeras partículas de polvo en la historia del Universo fueron creados en las altas atmósferas de las primeras estrellas y luego arrojados al medio interestelar de las galaxias tempranas en el momento en que las estrellas primigenias explotaron violentamente al final de sus vidas, en eventos conocidos como supernovas. A partir del material expulsado se formaron nuevas estrellas (la segunda generación), alrededor de las cuales surgieron planetas rocosos hechos justamente de esos elementos pesados, del polvo estelar expulsado postreramente por la primera generación de estrellas.
Un ciclo similar, al final del cual también estas estrellas de segunda generación explotan y arrojan su polvo interestelar al vacío del espacio, fue necesario para proveer la materia prima a partir de la cual surgieron el Sol y todos los planetas del Sistema Solar, incluída la Tierra. Nuestro planeta es un producto de la tercera generación de estrellas, hechas del polvo que, al morir, expulsaron al espacio las estrellas de la generación anterior. La Humanidad misma, que evolucionó a partir del material orgánico presente en la Tierra primigenia, está hecha del polvo que se originó en las atmósferas de las primeras estrellas, hace 13 mil millones de años. Y cuando nuestro sol llegue a su fin, dentro de otros 5 mil millones de años, el polvo del que estamos compuestos retornará al medio interestelar y será la materia prima para una cuarta generación de estrellas. Polvo somos, y en polvo nos convertiremos.
A diferencia de las historias bíblicas, sin embargo, la del polvo interestelar no es una fábula inventada por la cultura popular a través de los siglos, sino un hecho científico ampliamente probado. Los grandes telescopios instalados en los desiertos del mundo y en la órbita de la Tierra, han detectado el polvo interestelar que oscurece la luz de las estrellas que se encuentran detrás. Además, muestras de polvo interestelar han sido obtenidas y traídas a la Tierra por misiones espaciales enviadas a la vecindad de brillantes cometas, de manera que hemos visto, medido y pesado las partículas de polvo que eventualmente serán incorporadas a nuevos planetas. En ocasiones, buscando con cuidado es posible encontrar certezas. Incluso en la Biblia.
P.S. Escuchando la lucidez y la claridad lógica del arzobispo de Canterbury, jefe de la Iglesia de Inglaterra, me queda la impresión de que los credos que permiten que sus prelados disfruten de su naturaleza como personas, y formen familias, aportan a sus feligreses mucho más que un puñado de tabúes, temores y deseos reprimidos. Algo en lo que debería pensar la Iglesia de Roma.

El Génesis revisado

En el principio, Dios creo múltiples Universos. Y cada Universo era regido por leyes naturales diferentes, dictadas por probabilidades cuánticas. Y el espíritu de Dios se movía de una dimensión a otra.
Y dijo Dios, hágase la luz, y la densidad del Universo se hizo tan baja que los fotones pudieron propagarse libremente por el espacio. Y separó Dios la luz de la materia. Y a las partículas de luz las llamó bosones y a las de materia las llamó bariones. Y fueron los primeros segundos del Universo.
Luego dijo Dios: haya expansión del Universo, y a regiones distantes del Cosmos las conectó causalmente con un período de expansión inflacionaria y dejó que el Universo siguiera luego creciendo de manera acelerada. Y así fue. Y a la creciente estructura la llamó espacio-tiempo.
Y dijo también Dios: fórmense aglomeraciones de densidad en el Universo temprano y júntese la materia oscura en torno de estas aglomeraciones para que haya estructura en el Universo a medida que éste se expanda. Y así fue.
Y luego dijo Dios: Emerjan de las aglomeraciones cúmulos galácticos y galaxias, galaxias que formen estrellas según su naturaleza y que contengan la semilla de nuevas estrellas que nazcan y encuentren su fin de acuerdo con su masa. Produjéronse pues galaxias espirales, elípticas e irregulares, y cada una formaba estrellas en su interior, de aceurdo a su naturaleza. Y vio Dios que era bueno.
Entonces dijo Dios: que las lumbreras estelares tengan discos protoplanetarios, y que de esos discos se formen planetas de todo tipo que de sus estrellas reciban energía y que las orbiten y giren también en torno a sí mismos para que en cada uno haya días y años.
E hizo el Señor muchos planetas, grandes y pequeños, y a algunos les dio gruesas atmósferas y a otros sólo una superficie rocosa, y a algunos los proveyó de satélites naturales y los hizo girar en gran variedad de órbitas alrededor de todo tipo de lumbreras. Y vio Dios que todo era bueno.
Dijo Dios: produzcan los planetas seres vivientes, que evolucionen en sus variadas superficies. Y creó Dios la vida basada en el carbono, en el fósforo, pero también en el arsénico. Y creo los eucariotas, que evolucionaron de acuerdo con la selección natural hacia formas de vida más y más complejas, y poblaron los mares y los cielos de los muchos planetas que había creado el Señor. Y vio Dios que era bueno.
Y dijo Dios: que produzca la evolución todo tipo de criaturas, de variados tamaños y adaptaciones, y que se reproduzcan en las profundidades de las aguas y en el interior de las calderas volcánicas, y que haya extinciones masivas y explosiones cámbricas, y que surjan y desaparezcan especies enteras en muchos de los planetas que existen.
Y dijo Dios: que algunos de éstos seres desarrollen cerebros, y conciencia de sí mismos, y que utilicen herramientas de su propia concepción para modificar su entorno, para que se desplieguen por sus respectivos planetas y domestiquen animales y cereales, y que dependan de sí mismos e inventen la filosofía, la religión y la ciencia, y que escriban este Génesis y justifiquen así Mi existencia.
Y bendijo Dios a estas civilizaciones técnicas. Y les dijo: progresad, expandíos por el Cosmos hasta que encontréis vuestra propia destrucción o la existencia de vuestros similares y entendáis vuestro lugar en el Universo que he creado. Y creadme a Mí como Yo os he creado a vosotros, para que luego entendáis que no soy necesario para explicar vuestra existencia.
Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.

La primera foto de Bogotá

En ese entonces la calle octava se llamaba Calle del Observatorio, pues pasaba junto al esbelto edificio cubierto de cal desde cuya cúpula inmaculada (mal diseñada para aquellas latitudes tropicales, donde la estrella polar nunca se levanta demasiado del horizonte) los astrónomos de Caldas habían indagado treinta años antes el firmamento mientras su patrón se encargaba en las salas contiguas de otros asuntos menos etéreos, pero de mayor importancia para el futuro político de ese rincón del Imperio Español. Decir que era una calle sería tal vez hacerle demasiado honor a ese empedrado hediondo flanqueado por balcones coloniales en medio del cual bajaban hacia la ciudad, conducidos por negros canales de aguas polutas, los desechos de la capital naciente, todavía aturdida por los cañonazos de la guerra de independencia de veinte años atrás.
El Barón de Gros sabía que a esa hora de la tarde pocos bogotanos (los pies desnudos, los anchos sombreros artesanales cubriendo sus miradas, las ruanas gruesas que los aislaban del mundo) se aventuraban a salir de sus casas centenarias, y sabía también que a esa hora el sol poniente iluminaba con mayor fuerza los cerros orientales, dándoles esa tonalidad de verde luminoso que le recordaba sin remedio lo lejos que había ido a parar de su París natal, esa llanura de calles medievales que aún no había sido sacudida por los brutales bulevares de Haussmann. Entonces caminó las cuatro cuadras desde su casa con la cámara obscura bajo el brazo, cubierta con un paño aún más oscuro que sólo dejaba visibles las patas de nogal del trípode, y se instaló a pocos metros del cruce de la calle del Observatorio con la calle del Puente de Lesmes. Esa mañana, en el rústico taller que había logrado componer en una de las habitaciones de la misión diplomática, había seguido meticulosamente el proceso descrito por Daguerre para preparar las placas, láminas de cobre recubiertas por una fina capa de plata que al contacto con la luz deberían conservar la imagen proyectada por el lente, y mientras lo hacía pensaba en Arago, el astrónomo, ese inmenso hombre de ciencia que había creído como Fresnel en la teoría ondulatoria de la luz y que de hecho había intentado medir la velocidad de tales ondas, la velocidad de esa luz escurridiza que él ahora trataba de capturar en ese par de placas metálicas.
Mientras ponía a punto los lentes de su caja oscura, pensó en su padre, el viejo Antoine-Jean. Recordaba con cuánto entusiasmo le había contado de aquella ocasión en que fue presentado al futuro Emperador en Milán y cómo poco después lo había acompañado en la batalla del Puente de Arcola, cómo había presenciado la humillación de las tropas de los Austria y cómo Bonaparte en persona (entonces todavía un prometedor coronel) le había encomendado que dejara plasmada con su arte la grandeza de su victoria. Antoine-Jean, como el Barón, también había sido un estudioso de la luz, y aunque no contaba entonces con las técnicas formidables que la química y la óptica habían puesto al servicio del arte, sí había sabido utilizar los contrastes, las sombras y los destellos de sus pinceladas para contribuir a la fulgurante carrera del militar corso, que como una estrella fugaz había aparecido en el firmamento de nuestra Historia y alcanzado su máximo brillo para luego ir a sucumbir en el horizonte oscuro de la isla de Santa Helena. Más imperecederos que las glorias de Bonaparte habían resultado los lienzos de Antoine-Jean, que lo mostraban ya venciendo sobre su blanco caballo al otomano impenitente, ya revestido de augusta majestad levantando el tricolor de Francia sobre un puente de Italia. Así es el poder, -pensaba el Barón de Gros mientras fijaba las placas en la parte posterior de la cámara -fugaz como la exposición de un daguerrotipo, inútil como la presidencia de Santander, el líder neogranadino que acababa de morir y que no había logrado con todo su poder imponer una federación de estados en la Nueva Granada. Y remataba su soliloquio con un pensamiento certero. “Sólo el arte persiste”.
Todo estaba listo. Aunque no podía ver la imagen formada en el plano focal, pues aquellas cámaras primitivas carecían de un ocular, se imaginó la escena antes de ejecutar la exposición: la calle desolada coronada por los cerros resecos a causa de la ávida demanda de leña de los santafereños, el putrefacto canal en el medio, arrastrando junto con las inmundicias de la ciudad los sueños de grandeza de quienes habían creído en una América unida, ejemplo para el mundo, los tejados de ladrillo aún mojados por la lluvia reciente y los balcones de la calle donde nadie se asomaba y de donde no colgaba planta alguna. Sacó su reloj de leontina del chaleco, anotó en un su cuaderno la fecha y la hora (Noviembre 27 de 1842, 4 horas y media de la tarde) y luego levantó el cobertor del lente y dejó éste último expuesto a la luz por 47 segundos cronometrados antes de cubrirlo de nuevo y así grabar para la posteridad la vida muerta de una ciudad condenada.
P.S.1. El autor aclara que aunque el parentesco entre Jean-Baptiste-Louis (embajador de Francia ante varias naciones del mundo) y Antoine-Jean Gros parece ser apócrifo, ello poco resta a la belleza histórica del daguerrotipo.
P.S.2. Las sombras de la imagen revelan que el daguerrotipo fue tomado a una hora más temprana que la mencionada. El autor se toma la libertad de cambiar la hora, por razones literarias. El día y el mes de la fotografía también son ficticios, pero el año y el tiempo de exposición tienen respaldo histórico.

lunes, junio 09, 2014

Historias del Multiverso

Entre los muchos secretos que se agazapan escondidos en las mil fluctuaciones y la complejidad del fondo cósmico de microondas (una cortina lejana de radiación que llena el Universo y que nos brinda la prueba más certera hasta el momento del acaecimiento de la Gran Explosión), tal vez el más intrigante de todos, no sólo por su relevancia científica sino también por sus visos inverosímiles de ciencia ficción, es el de la existencia de otros Universos, realidades enteras alternas a la nuestra, con sus propias galaxias, estrellas, planetas y océanos, con sus propias leyes de la física, y tal vez incluso con sus propios cosmólogos intentando intuir nuestra existencia (la de nuestro Universo) en la turbulencia incomprensible de su propio fondo de microondas. La idea de un Multiverso, una entidad real de la cual nuestra propia versión de lo que existe no sea sino una de muchas (tal vez infinitas) posibles realidades ha entrado en los últimos años en el terreno de lo científicamente comprobable, y quienes nos interesamos por entender las fibras más delicadas del entramado de la realidad, tenemos ahora la posibilidad, al menos en principio, de encontrar evidencias que apoyen o refuten la existencia de otros Universos.

Aunque todavía sujetos a un inclemente escrutinio por parte la comunidad científica, los recientes descubrimientos de finos patrones de polarización en el fondo de microondas (el mismo tipo de propiedad de la luz que hace posibles las gafas de sol o los vidrios polarizados),  han puesto de nuevo sobre la mesa la posibilidad de escudriñar con sumo cuidado todas las pequeñas variaciones de esa débil señal que nos llega desde las regiones más lejanas del Universo, de exprimir toda la ciencia que nos pueda ofrecer como exprimimos una naranja hasta obtener hasta la última gota de su jugo. El resultado de llevar al máximo este ejercicio bien podría ser el descubrimiento de evidencia contundente a favor de la existencia del Multiverso, en forma de patrones específicos en la radiación que darían cuenta de remotas colisiones entre nuestro Universo (imagínenlo como una burbuja flotando en el aire) y otros universos burbuja. En efecto, así como un detallado análisis de los patrones de polarización ha permitido que un grupo de científicos anuncien con toda la pompa del caso que el Universo se inició con un período de inflación exponencial (algo así como si infláramos un globo de piñata con una potente bomba de aire antes de seguirlo inflando con la sola fuerza de nuestros pulmones), de la misma manera varios grupos de físicos, astrónomos y filósofos se han dado a la tarea de encontrar otro patrón que les permita afirmar más allá de toda duda que el Universo en que vivimos ha colisionado en el pasado con otros Universos.

Poco a poco nos percatamos de que no se trata de un juego de la imaginación o de quimeras de ciencia ficción, sino de predicciones específicas de nuestras teorías que pueden someterse al escrutinio de la prueba científica. Hoy en día, al menos un tipo posible de Multiverso parece estar al alcance de nuestras mediciones: un Multiverso en el que la Gran Explosión no es, como se piensa comúnmente, el inicio del espacio y el tiempo, sino la manifestación del final de la era inflacionaria en esta región particular del Universo. Nuestro Universo observable no sería en este caso sino una burbuja que dejó de expandirse exponencialmente para dar paso a la expansión más pausada que observamos hoy en día, pero otras regiones del Universo seguirían expandiéndose exponencialmente, y en otros lugares donde la inflación también cese, otros Universos burbuja comienzan a existir, causalmente desconectados del nuestro, separados por la increíble velocidad de la expansión inflacionaria. A menos, por supuesto, que dos Universos sucedan lo suficientemente cerca uno del otro para que sus burbujas se encuentren y choquen. Esta colisión de Universos puede dejar una huella en el fondo de microondas (una estructura en forma de disco), y quienes estudian los datos observados se esfuerzan hoy en día por encontrarla.

Universos independientes dentro del Multiverso vistos como burbujas. Algunas de éstas burbujas podrían chocar entre ellas, originando patrones determinados en la radiación de fondo de microondas. Crédito de la imágen: desconocido.

Otros tipos de Multiverso han sido propuestos. En particular, Max Tegmark, del Massachusetts Institute of Technology, postula la existencia de cuatro tipos diferentes. No entraré aquí en los detalles (en parte porque no los entiendo todos), pero me queda espacio para mencionar otro tipo de Multiverso: el que se origina a partir de la formulación de Feynman de la mecánica cuántica, de acuerdo con la cual nuestra línea de tiempo es una superposición de todas las historias posibles desde el inicio del tiempo. Cada una de estas historias existe independientemente y es real, de manera de que hay una historia del Universo, una historia que sucede paralela a la nuestra, en la cual los dinosaurios nunca se extinguieron, y otra también en la que el hombre nunca desarrolló la agricultura, y una más en la que Constantinopla no cayó a manos de los Otomanos, y por supuesto otra, tal vez la más deseable, en la que Álvaro Uribe Vélez nunca llegó a existir. No sé si existan pruebas observacionales de este tipo de Universo, pero si admitimos que la mecánica cuántica es una interpretación adecuada de nuestra realidad, tenemos que estar listos también a aceptar todas sus predicciones, incluida la existencia de infinitas realidades paralelas.

La semana pasada, en la reunión anual de la Sociedad Astronómica Americana, escuché a varios de los exponentes de estas y otras teorías, entre ellos Max Tegmark y Alan Guth, uno de los padres de la teoría inflacionaria, discutir sobre las posibilidades reales de medir otros Universos. El hecho de que académicos de ese porte se hayan dado a la tarea de hablar de estos temas en una de las reuniones más grandes de astrónomos y astrofísicos del mundo significó para mí un feliz campanazo de advertencia: los límites de nuestra razón están todavía muy lejanos, más lejanos aún que los límites físicos que nos imponen las leyes de la física para observar las regiones más remotas del Universo. Tal vez la apuesta más segura que puede hacer la Humanidad para garantizarse un futuro, en cualquiera de los Universos posibles, es la de seguir permitiendo que los hombres se hagan preguntas absurdas.

@juramaga

viernes, mayo 16, 2014

Para una potencial estudiante de física anónima

En mis tiempos solía ser socialmente inaceptable decir que uno iba a estudiar física, o ciencias puras en general. El argumento era que en un país con la poca visión de investigación que tiene Colombia, dedicarse a la carrera científica era un despropósito laboral, financiero, etc. A mí el argumento me convenció inicialmente, y por eso, luego de acariciar la idea de estudiar periodismo o historia (ésta última rechazada por las mimas razones), me fui a la Universidad Nacional a estudiar ingeniería civil. Un año después, atormentado por mi constantes sueños con la Vía Láctea, y hastiado de mis largas mañanas detrás del teodolito, me cambié a estudiar física porque decidí que quería ser astrónomo.

Es difícil negar que, hasta cierto punto, ese temor de no encontrar trabajo como físico y de terminar haciendo cosas que uno no estudió (el lugar común es chofer de taxi) sigue estando vigente. Pero tal vez hoy en día los atenuantes de la situación son más esperanzadores. Por ejemplo, la comunidad científica colombiana es una comunidad emergente que está adquiriendo un momentum interesante. En algunos años ya no será imposible conseguir un trabajo en la Academia colombiana, como solía serlo hace 10 años. Lo cual no significa, por supuesto, que la competencia no siga siendo dura. En mi caso, apenas comencé a intentar obtener una posición académica en Colombia, y hasta ahora no he sido exitoso. Pero creo que eventualmente podría llegar.

No hay una regla de oro, sino más bien una serie de situaciones que vale la pena enunciar claramente. La más importante es que, si bien la mayoría de quienes quieren continuar en la física después de la carrera se van al exterior a hacer maestrías y doctorados, el éxito académico afuera tampoco está garantizado. Ser bueno y dedicado no es una garantía: en una época en la que las Universidades se están convirtiendo también en negocios ávidos de productividad barata, las posiciones permanentes como investigador son cada vez más escasas, si bien se puede sobrevivir en posiciones temporales (los llamados postdocs, eufemismo para mano de obra barata) por bastante tiempo. Y eso ya depende de cada quien. Hay quienes somos felices haciendo postdocs, al menos hasta el momento en que la adultez verdadera (la de la familia, los hijos y las noches de pereza en la casa), pega con toda su fuerza y nos conmina a buscar el santo grial de la estabilidad.

Pero no todo es tan turbio, y de hecho yo, luego de 14 años en la Academia, aún no considero el retiro, lo cual supongo es una buena señal. La Academia es uno de los trabajos más gratificantes que puedan existir. Es flexible, internacional, y hasta cierto punto carente de control estricto por parte de los superiores, lo cual la hace el tipo de trabajo perfecto que toda persona querría tener. El nivel de esfuerzo lo determina el concursante, y por lo tanto el nivel de éxito. La física ofrece hoy en día una increíble variedad de temas en los cuales trabajar, y las habilidades que se adquieren con manejo de datos, programación y el conocimiento específico en conceptos de la física pueden ser apreciadas por mucha gente también fuera de la Academia.

Tal vez el mejor consejo que puedo dar es no obsesionarse con el éxito académico. La investigación se disfruta mejor si no se está siempre pensando en ganarse un premio Nobel. Eso también significa estar siempre preparados para cambiar de rumbo. Si después de algunos años en la Academia, irse a trabajar en la industria, o en el gobierno, o en la divulgación científica, no se considera un fracaso sino una manera igualmente aceptable de sacarle el jugo a lo que se aprendió en la física, entonces uno vive mucho más feliz. Incluso creo que quienes obran así tienen más posibilidades de terminar sus días como investigador en una buena Universidad, o al menos ser un chofer de taxi con la conciencia tranquila.

Yo nunca me he arrepentido de estudiar física. No creo que haya razón para que nadie se arrepienta.

lunes, enero 13, 2014

The heroes of hatred

While news arrived from Israel regarding the death of Ariel Sharon, undefeated hero of fair wars for some, die-hard champion of the most violent Zionism for others, in Paris the French Council of State, in a decision noted for its speed and controversial for its content, prohibited the presentation in the city of Nantes of comedian Dieudonné M'bala M'bala , artist from the suburbs of the capital, born of a Cameroonian father and a French mother. The arguments that the highest French court wielded were several, some more accurate than others, but were basically supported on the idea that the artist's new show, titled "The Wall ",  sent a message of racial hatred and transgressed the limits of free speech by engaging in crimes such as denial of the Jewish Holocaust and "advocating the discrimination, persecution and extermination perpetrated during the Second World War". Immediately, voices advocating freedom of expression were heard, defending the right of the artist to disclose his political positions on a show that many find relevant and full of acute criticism regarding the foreign policy of the State of Israel and the Western world in general.

Taken by curiosity, I started digging through Youtube to find some of the recorded shows by Mr. M'bala M'bala, and I must confess that I found in some of them truly scathing and funny moments (you can see an example below). As I followed the English subtitles of the soliloquy, delivered in the most authentic vernacular jargon from the banlieues of Paris, I also understood the reasons why some critics (this editorial in Le Monde, for example) find it morally and even criminally questionable, for it is true that these shows cast doubt over the historical veracity of the Holocaust, incites violence against the children of Israel, and advocates for violence as the just defense entitled to Palestinians in the occupied territories. In favor of the comic and its methods of comic-political argument, it must be said as well that the way he makes his point is through a clever juxtaposition of concrete facts of "acceptable" official violence (colonial abuses of French in Cameroon, the use of chemical weapons by the Western powers, the Mossad assassinations , etc. ), on top of the violence, historically challenged, used by Palestinian extremists and their allies.


After all , Mr. Dieudonné has taken a step back and renounced to present his show, promising that he will change it  for another one politically more acceptable. I think that was an easy step back, after having focused the media attention on the content of his message for a few days, precisely at the time of the death of one of the staunchest defenders of the use of violence as the only solution to the conflict between Palestinians and Israelis. Perhaps this was for the better: I believe that everyone has the right to express political and religious views of any conflict or any believes, even if some will take offense (that is, after all, the meaning of freedom of expression); but I also believe that incitement to hatred and violence must be monitored, controlled and punished when the needed, and according to the laws of each sovereign state. And yet, I was thinking about the designs of European justice, and how it seems paradoxical (perhaps I should say hypocritical) that it made a decision so quickly in the case of Mr. M'bala M'bala, while it is still limping in a way so pitiful and so evident in the case of other pan-European examples of incitement to violence and racial hatred.

Let us stay in Paris, to go no further, and let us remember the famous cartoons of the leftist newspaper Charlie Hebdo, that for decades has been satirizing about extremism and laughing at political and religious fundamentalists in France and elsewhere . In 2006 Charlie Hebdo published a famous cartoon depicting the Prophet Mohammed saying : "It's hard to be loved by jerks", and immediately generated controversy over the stereotype that it created regarding followers of Islam. Again, here I think that the publication had the right to satirize about Islam, even if it was walking on the (nowadays dangerous) grounds of negative stereotypes. But those who sued Charlie Hebdo after the publication of the cartoon seemed to have a point, in that they showed clear evidence that the newspaper had repeatedly used the terms "Muslim" and "terrorist" interchangeably, thereby inciting racial stigmatization and making of so many French citizens who profess the religion of Muhammad an easy targets of popular hatred. Although President Jacques Chirac initially ruled against every manifestation that incited religious hatred, most political leaders in France supported the cartoon invoking freedom of expression . The Council of State, of course, did not condemn the publication of the cartoons, which had unfortunate results in terms of public order in the French capital.

Even more worrying is the threatening wave of racial hatred (mainly against Muslims) that is starting to take over some sectors of political power in Europe. In France, the stale ideals of Jean -Marie Le Pen (antisemitic himself and godfather of one of Mr. M'bala M'bala's daughters) have been rescued by his daughter Marine, who has compared the closure of certain streets in French cities to allow Muslim prayer with the Nazi occupation of the capital. In the Netherlands, a populist madman named Geert Wilders says to whoever that wants to listen that the Koran is a fascist book, that he hates Islam, and that the Islamization of Europe must be prevented at all costs. Even worse, a video widely circulated and directed by Wilders, shows extracts from the Koran followed by images of terrorist acts carried out by extremists is. I can hardly think of a more clear incitement to racial and religious hatred. Although several countries have (only temporarily)  banned Wilders from entry into their territories, none of the criminal charges against him for inciting hatred have thrived. For these important European politicians, freedom of expression has always prevailed over hate crimes. Suppose we accept that rule. But why was not the same rule applied for Mr. M'bala M'bala?

Today's society has to deal with many ghosts: that of superstition, that of religious obscurantism, ethnic wars, etc. Yet, perhaps the most scary ghost that we face is that of our own ideological biases (and this applies also in Colombia). The political taboos of the twentieth century still haunt us and sometimes keep us from clearly discern the meaning of Justice. It is time for us to regard with new eyes, more self-critical eyes, the history of Mankind. It is time that things change, so that those who are first punished by the rule of law are not those who seek to draw attention to our contradictions, but those looking to establish themselves as representatives of the people perched on the rubble of our mutual hatred.

@juramaga

Los héroes del odio

Al tiempo que en Israel se confirmaba la muerte de Ariel Sharon, héroe invicto de guerras justas para algunos, recalcitrante adalid del sionismo más violento para otros, en París el Consejo de Estado francés, en una decisión notable por su celeridad y controversial por su contenido, prohibió la presentación en la ciudad de Nantes del cómico Dieudonné M'bala M'bala, artista de los suburbios de la capital nacido de padre camerunés y madre francesa. Los argumentos que esgrimió el alto tribunal francés fueron varios, algunos más certeros que otros, pero básicamente se soportaban en la idea de que el nuevo show del artista, titulado "El Muro", enviaba un mensaje de odio racial y transgredía los límites de la libertad de expresión al incurrir en crímenes como el negacionismo del holocausto judío y "la apología de la discriminación, la persecución y la exterminación perpetrada en el curso de la Segunda Guerra Mundial". De inmediato se levantaron voces que abogaban por la libertad de expresión, y que defendían el derecho del artista a divulgar sus posiciones políticas en un show que muchos encuentran relevante y cargado de agudas críticas a la política exterior del Estado de Israel y del mundo occidental en general.

Presa de la curiosidad, me puse a escarbar en Youtube hasta encontrar algunos de los espectáculos grabados del señor M'bala M'bala, y debo confesar que los encontré en algunos momentos verdaderamente mordaces y graciosos (aquí abajo pueden ver un ejemplo). Mientras seguía los subtítulos en inglés del soliloquio emitido en la jerga más vernácula de los banlieus de París, pude entender también las razones por las cuales algunos (este editorial del diario Le Monde, por ejemplo) los encuentran moral e incluso penalmente cuestionables, pues es verdad que en dichos espectáculos se duda de la veracidad histórica del holocausto judío, se incita a la violencia contra los hijos de Israel, y se enarbolan las banderas de la violencia como justa defensa a la que tienen derecho los palestinos de los territorios ocupados. A favor del cómico y de sus métodos de argumentación cómico-política, se debe decir también que la manera en que sienta su posición es a través de una inteligente contraposición de hechos concretos de la "aceptable" violencia oficial (los abusos coloniales de los franceses en Camerún, el uso de armas químicas por parte de las potencias occidentales, los asesinatos selectivos de la Mossad, etc.), frente a la violencia históricamente cuestionada de los extremistas palestinos y sus aliados.



Al final de cuentas, el señor Dieudonné ha dado un paso atrás y ha renunciado a presentar su espectáculo, prometiendo que lo cambiará por otro políticamente más aceptable. Creo que ese paso atrás fue fácil de dar luego de haber centrado la atención en el contenido de su mensaje por algunos días, precisamente en el momento de la muerte de uno de los defensores más acérrimos del uso de la violencia como única salida al conflicto entre palestinos e israelíes. Tal vez sea lo mejor: creo que todo el mundo tiene el derecho de expresar opiniones políticas y religiosas sobre cualquier conflicto o sobre cualquier credo, aún cuando algunos se sientan ofendidos (de eso se trata, a fin de cuentas, la libertad de expresión); pero también creo que la incitación al odio y a la violencia debe ser monitoreada, controlada y castigada cuando el caso lo amerite, y de acuerdo a las leyes de cada estado. Y sin embargo, me quedé pensando en los designios de la justicia europea, y de cómo parece paradójico (tal vez debería decir hipócrita) que haya fallado con tal celeridad en el caso del señor M'bala M'bala mientras continúa cojeando de una manera tan lamentable y tan evidente en el caso de otros ejemplos paneuropeos de incitación a la violencia y al odio racial.

Quedémonos en París, para no ir más lejos, y recordemos las famosas caricaturas del semanario de izquierda Charlie Hebdo, que lleva varias décadas satirizando extremismos y riéndose de los fundamentalistas políticos y religiosos en Francia y en el mundo. En el 2006 Charlie Hebdó publicó una celébre caricatura que mostraba al profeta Mahoma diciendo: "es duro ser amado por idiotas", y que de inmediato generó una polémica por la estigmatización que hacía de los practicantes del Islam. De nuevo, creo que aquí el semanario estaba en su derecho de burlarse de la religión musulmana, aún cuando haya rayado en los límites -peligrosos por estos años en Europa- del estereotipo negativo. Pero parecían tener razón quienes demandaron a Charlie Hebdo tras la publicación de la caricatura, quienes argumentaron, con evidencias claras, que varias veces el semanario había usado indistintamente los términos "musulmán" y "terrorista", incitando con ello a la estigmatización racial, y haciendo blancos fáciles del odio popular a tantísimos ciudadanos franceses que profesan la religión de Mahoma. Aunque inicialmente el presidente Jacques Chirac se pronunció en contra de toda manifestación que incitara al odio religioso, la mayoría de los líderes políticos en Francia apoyaron al semanario invocando la libertad de expresión. El Consejo de Estado, por supuesto, no condenó la publicación de estas caricaturas, que sí tuvieron resultados lamentables en el orden público en la capital francesa.

Más preocupante aún es la ola amenazante de odio racial (principalmente en contra de los musulmanes) que hoy en día comienza a tomarse el poder político en Europa. En Francia, los ideales rancios de Jean-Marie Le Pen (antisemita él mismo y padrino de una de las hijas del señor M'bala M'bala) han sido rescatados por su hija Marine, quien ha comparado el cierre de ciertas calles en las ciudades francesas para permitir la oración musulmana con la ocupación Nazi de la capital. En Holanda un energúmeno populista de nombre Geert Wilders anda diciendo muy tieso y muy majo que el Corán es un libro fascista, que él odia el Islam, y que se debe impedir a toda costa las islamización de Europa. Aún más grave, en un video ampliamente difundido y dirigido por Wilders, se muestran extractos del texto del Corán seguidos de imágenes de actos terroristas cometidos por extremistas. Me es difícil pensar en una incitación más clara al odio racial y religioso. Aunque varios países han prohibido (sólo temporalmente) la entrada de Wilders en su territorio, ninguno de los cargos penales en su contra por incitación al odio han prosperado. En el caso de estos importantes políticos europeos, la libertad de expresión ha primado siempre sobre los crímenes de odio. Supongamos que aceptamos esa regla. Pero, ¿por qué no fue así también para el señor M'bala M'bala?

La sociedad actual tiene que lidiar con muchos fantasmas: el de la superstición, el del oscurantismo religioso, el de las guerras étnicas. Y sin embargo, tal vez el fantasma más tenebroso al que tenemos que hacer frente es al de nuestros propios sesgos ideológicos (y esto vale en Colombia también). Los tabúes políticos del siglo XX nos persiguen todavía y nos impiden vislumbrar con claridad el sentido de la Justicia. Es hora de que comencemos a ver con otros ojos, unos ojos más autocríticos, la historia de esta, nuestra Humanidad. Es hora de que quienes primero caigan bajo el peso de la ley no sean quienes pretenden llamarnos la atención sobre nuestras contradicciones, sino aquellos que buscan erigirse en representantes del pueblo encaramados en los escombros de nuestros mutuos odios.

@juramaga

jueves, enero 02, 2014

Cartógrafos

En el siglo XVI el mundo pertenecía a quien lo supiera navegar. Flotillas enteras de carabelas y bageles emprendían expediciones temerarias para descubrir nuevos mundos y expandir imperios. Españoles, portugueses, holandeses e ingleses se disputaban el control de los mares, y el conocimiento cartográfico era guardado como un secreto de estado por los monarcas de estos reinos, para quienes las rutas de navegación y los mapas de nuevos litorales eran un bien tan preciado como el uranio enriquecido de nuestros tiempos. En un libro apasionante, María Portuondo nos cuenta, por ejemplo, cómo la necesidad de mantener esa enorme cantidad de conocimiento a salvo de la ávida curiosidad de los enemigos en el control de los mares dio orígen a la ciencia secreta de la cosmografía en el imperio español, y cómo las nuevas técnicas que de allí se desprendieron dieron a los europeos una visión nueva del mundo que estaban por descubrir. Desde entonces, la cartografía y la navegación han estado ligadas sin remedio al ejercicio del poder, una relación de la que dan cuenta hoy en día los ingentes esfuerzos políticos de Europa por tener en órbita su propia flotilla de satélites para navegación global.

Gerard de Kremer, el filósofo y matemático flamenco que alcanzaría el reconocimiento mundial por sus trabajos cartográficos con el nombre de Gerardus Mercator, vino al mundo en medio de aquellos años turbulentos, y tuvo la suerte de vivir en los Países Bajos en las décadas que precedieron a la edad de oro, cuando las artes y las ciencias eran apreciados por su valor como conocimiento puro, pero también codiciadas por la relevancia de sus secretos. En 1569 Mercator ideó y dio a conocer un nuevo mapa del mundo conocido en el que daba solución a uno de los problemas más serios para los navegantes de la época: el de representar la superficie esférica del planeta en un mapa plano donde además las direcciones fueran conservadas. Es decir, un mapa en donde para cada punto, sin importar su posición en la superficie, las direcciones norte-sur y este-oeste formaran entre ellas ángulos de 90 grados. No era una tarea irrelevante: en una época en que sólo la posición de las estrellas en el firmamento y la hora del día daban una idea de nuestra ubicación en la superficie del planeta, una carta de navegación donde el norte siempre estuviera en la misma dirección resultaría de gran utilidad para planear las nuevas rutas del descubrimiento.

En la proyección de Mercator, los ángulos y las direcciones cardinales se conservan. Pero las áreas cercanas a los polos aparecen desmesuradamente grandes. Fuente: Wikipedia.
Si tienen un globo terráqueo inflable al que no estén emocionalmente conectados, intenten cortarlo y extenderlo en una mesa de forma que toda la extensión de su superficie sea visible y esté en contacto directo con la mesa, conservando al mismo tiempo una idea de la distribución geográfica de los continentes. Al intentarlo, seguro podrán entender la gran dificultad geométrica a la que se enfrentaron Mercator y otros cartógrafos de la época: no es fácil representar un mundo esférico en dos dimensiones planas sin distorsionar por completo las formas o las direcciones. Quienes se dieron a la tarea de hacerlo, tuvieron que escoger entre proyecciones conformes (es decir, que conservan las direcciones), como lo hizo Mercator, o proyecciones que conservan las áreas. En el último caso, las proporciones entre los tamaños de los países se mantienen fieles a la realidad, aún cuando las direcciones pierden la fidelidad necesaria para la navegación. La idea de Mercator resultó mucho más útil para los propósitos imperiales y terminó siendo adoptada de manera universal en casi todos los mapas que aparecen hoy en día en los libros de texto del mundo. En la proyección conforme de Mercator (que es la misma utilizada por Google Maps), las regiones cercanas a los polos se distorsionan por completo y países como Groenlandia o Noruega aparecen mas grandes comparados con países ecuatoriales, en contradicción feaciente con la realidad esférica de nuestra Tierra. No tiene por que ser así: el tiempo de los grandes navegantes ya pasó.

En una proyección de áreas iguales, como la de Molleweide, la proporción de áreas entre diversas regiones del planeta son fieles a la realidad, pero la dirección norte-sur aparece distorsionada. Compárese con la imagen de arriba. Fuente: Wikipedia.
Hay quienes interpretamos la popular versión del mundo representada en el mapa de Mercator desde una perspectiva política particular: el norte está arriba, y los países del hemisferio septentrional aparecen más grandes de lo que son en realidad. Quien se enfrenta al mapa de Mercator, como quien observa una obra de arte en un museo, bien puede pensar que los países ricos del norte son también los más extensos y populosos. La realidad es diferente, y  es bueno que quienes están a cargo de la educación de nuestros pequeños geógrafos se tomen el trabajo de explicar a fondo los efectos de la geometría en la representación política de nuestros países. La matemática, en su rica variedad, nos ofrece otras opciones, como la proyección de Molleweide,  que distorsiona un poco los ángulos, pero nos muestra una visión más democrática del mundo, o la proyección de Gall-Peters, que se hizo famosa tras su aparación en la serie de televisión The West Wing. Como todo el aparato de la ciencia, la elaboración de mapas es el arte de crear un modelo del mundo que explique las observaciones, y no una verdad absoulta. Es por eso que nuestras verdades políticas y geográficas, pero también históricas, dependen a veces de nuestros intereses. Hace un par de años,  NASA dio otro ejemplo de tergiversación cartográfica cuando publicó su imagen "Blue Marble 2012" en la que Norteamérica aparece ocupando una porción considerable del globo terráqueo, de nuevo en desacuerdo con la realidad, como se puede comprobar fácilmente comparando la imagen con una proyección de Google Earth. Un error tan evidente tiene sin lugar a dudas algunas motivaciones políticas acerca de las cuales vale la pena pensar un poco.

En tiempos de Mercator, los dueños de la ciencia secreta lograron mantener el control de los mares, y al hacerlo garantizaron tresceintos años de colonialismo del que aún hoy sufrimos las consecuencias. Hoy es bueno estar alerta, ver el mundo con otros ojos y recordar una vez más que vivimos en un planeta redondo, como una naranja, en el que la cartografía todavía puede jugar a favor de intereses particulares. Tal vez la esperanza de un futuro de independencia tecnológica motive a nuestros gobiernos a entrenar a los navegantes del futuro, y nos anime a todos por fin a aprender un poco de geometría.

@juramaga

domingo, diciembre 08, 2013

Los dedos calientes de Dios

El Universo es un lugar frío. La radiación cósmica de fondo, un tipo de luz invisible que llena el espacio y que guarda en su ondulaciones el registro más fidedigno de lo que sucedió poco después del Big Bang, la gran explosión que dio origen a todo cuanto conocemos, tiene una temperatura de tan sólo 3 grados Kelvin. Esto es sólo 3 grados por encima de la ausencia total de energía, o 270 grados por debajo de la temperatura de congelación del agua. Ni siquiera las superficies de los más inhóspitos planetas de nuestro Sistema Solar alcanzan temperaturas tan bajas. El helio, el gas con el que inflamos los globos de colores que flotan hacia el espacio si los dejamos escapar, se convierte en un líquido transparente como el agua si lo sometemos a la bajísima temperatura del Universo, y por supuesto, no hace falta aclarar que ningún tipo de vida podría existir en las condiciones extremísimas del espacio exterior.

Pero si el Universo es un lugar tan desapacible, ¿cómo es posible que hayamos llegado a existir y que podamos disfrutar de cómodas vacaciones en el calor luminoso de las costas de San Andrés? Por supuesto, en nuestro caso el privilegio de las temperaturas tropicales no se debe a litigios marítimos con Nicaragua, ni a un milagro de la Naturaleza, sino a nuestra proximidad a una estrella amarilla común que llamamos el Sol y en cuyo interior la energía de miles de bombas atómicas calienta una pequeña región a su alrededor en la que tenemos la suerte de vivir. La proximidad a nuestra estrella no es el resultado de una casualidad, ni de la bondad de un Creador misericordioso, sino la consecuencia natural de haberse formado el Sol y todos los planetas del Sistema Solar, la Tierra incluida, a partir de la misma nube primigenia de gas y polvo, que colapsó dirigida por su propia gravedad antes de formar los océanos en los que navegarían Colón y Magallanes, los paisajes escarlatas de desiertos helados en la superficie de Marte, los complicados patrones ciclónicos de las nubes en Júpiter, y los gélidos cometas como el ISON que se precipitan desde lejanas regiones más allá de Plutón para desintegrarse en las cercanías de la estrella central, el Sol amarillo que domina el ecosistema de nuestra existencia.
El Universo comenzó en el Big Bang y ha estado en constante expansión desde entonces. ¿Cuándo a lo largo de esta historia se dieron por primera vez las condiciones para la vida?

Pero el Cosmos no siempre fue el vacío helado e inhóspito que hace tan angustiosas las películas de astronautas perdidos en el espacio. Uno de las construcciones lógicas más fascinantes del conocimiento humano, edificada con cimientos experimentales incuestionables, es el modelo estándar de la cosmología, según el cual nuestro Universo comenzó como un punto sin dimensiones cuya densidad y temperatura infinitas daban cuenta de toda la materia y toda la energía que hoy observamos. De repente esa singularidad infinitamente pequeña comenzó a expandirse de manera violenta, un evento que hemos dado en llamar el Big Bang, dando inicio a una expansión universal que todavía continua en nuestros días. Nuestro Universo es un globo enorme hecho de espacio y de tiempo que hoy sigue creciendo impulsado por la explosión inicial y por otras fuerzas misteriosas que aún estamos por comprender. A medida que el Universo se expandía, la temperatura, inicialmente infinita, comenzó a descender hasta llegar a los 270 grados bajo cero que medimos hoy en todas las direcciones en que observamos. El horno incandescente del Big Bang ha estado enfriándose por los últimos trece mil setecientos millones de años.

En un reciente artículo Avi Loeb comenta acerca de una de las consecuencias más interesantes de este enfriamiento continuo. Hubo un momento en el que la temperatura promedio del Universo debió ser muy cercana a las agradables temperaturas en la superficie de nuestra Tierra, aún en ausencia de fuentes de calor como el Sol. En otras palabras, cierto tiempo después del Big Bang (15 millones de años después, para ser exactos) todas las regiones del Universo, sin excepción, gozaban de la temperatura de Barranquilla sin necesidad de tener cerca un Sol que las calentara. Loeb se pregunta si ya en aquellas etapas tempranas del Universo las condiciones eran propicias para el surgimiento de planetas habitables como la Tierra. Por supuesto, para que dicha habitabilidad sea posible, no sólo se requieren temperaturas agradables, sino también elementos químicos pesados como el silicio, el hierro y el carbono, para que sea posible la formación de planetas rocosos como el nuestro. La pregunta es entonces si 15 millones de años después del Big Bang ya había pasado tiempo suficiente para que se formaran estos elementos pesados en el interior de las primeras estrellas. Los cálculos cosmológicos indican que la respuesta a esta pregunta es afirmativa. Y la consecuencia es ineludible: en un Universo muy joven, con sólo el 0.1% de su edad actual, pudieron existir las condiciones para el surgimiento de la vida.

El sorprendente resultado parece en contraposición con la concepción aceptada de que las condiciones para la vida sólo se dieron mucho después en la historia del Universo, cuando varias generaciones de estrellas enriquecieron la química del Cosmos lo suficiente para propiciar el surgimiento de planetas con montañas y océanos. Algunos cosmólogos incluso argumentan que los parámetros cosmológicos que medimos en el Universo actual (la densidad de materia y energía, por ejemplo) tienen los valores que medimos justamente porque nosotros, quienes medimos, tuvimos que esperar hasta que dichos parámetros tuvieran exactamente esos valores antes de tener la posibilidad de existir (si fueran distintos, las nubes primigenias no habrían colapsado para formar nuestros planetas). Este principio antrópico de la cosmología parece tambalear frente a la posibilidad de la idea de Loeb, y puede que les de un respiro a quienes se aferran a la idea de que un arquitecto universal debió sintonizar el universo para hacer posible nuestra existencia. Dios, dirán estos últimos, nos ha querido dar más de una oportunidad para existir.

martes, octubre 29, 2013

Cuero y la verdadera innovación.

Hay que agradecerles algo a los doctores Cuero y Bernal, más allá de los detalles de la álgida discusión que se ha generado por las ínfulas (justificadas o no) del uno, y las denuncias (justificadas o no) del otro. Tal vez por primera vez en los últimos años, o al menos desde que yo recuerde, varios estamentos de la sociedad colombiana (periodistas, académicos y entidades gubernamentales, y en general ciudadanos que trabajan y pagan impuestos) se han enfrascado en una rica discusión sobre lo que significa ser científico y hacer ciencia, y no sólo desde el punto de vista puramente técnico, ni desde la perspectiva saludable de la divulgación, sino a propósito del más relevante de todos los aspectos de la ciencia: su impacto en una nación emergente que busca diversificar su economía a través de la investigación científica. En efecto, pocas veces habíamos visto términos como artículo científico, invento, factor de impacto, o patente tantas veces repetidos y por tantos días consecutivos en las primeras páginas de los principales diarios del país, y pocas veces tanta gente de tan diversos nichos del sector productivo se había animado a opinar sobre el tema. Sería un error no aprovechar esta inusitada atención para resaltar la relevancia de la ciencia en la Colombia del postconflicto, en sus justas proporciones y sin acudir a la exageración, mientras procuramos que esta discusión le dé el rumbo correcto a las políticas gubernamentales en la materia.

Colombia lleva décadas dando bandazos tempestuosos en sus políticas de ciencia y tecnología. Si el barco de la investigación científica no ha hecho agua es tal vez porque esos bandazos parecen bien sincronizados con los vaivenes políticos de la nación, y no hemos permitido que una política científica errada vaya demasiado lejos antes de dar un giro inesperado en la dirección completamente opuesta. Pero tampoco hemos avanzado mucho, y esa falta de avance la debemos a que las políticas de innovación y ciencia no han sido nunca una política de estado, sino un apetitoso pedazo del pastel burocrático con que los Presidentes buscan premiar a los partidos que los llevan al poder. Poco a poco, los gobiernos han entendido que si queremos emerger como una potencia económica de la región, tenemos que modernizar nuestros medios de producción, y cambiar, o al menos paulatimamente reemplazar el bonachón protagonismo de Juan Valdez o los desastres de contratación y corrupción en la minería, por una economía basada en el conocimiento que le dé a nuestros productos un valor agregado que no les sea fácilmente arrebatado por tratados de comercio poco equitativos con países que se pueden dar el lujo de perder en el agro porque producen lanzaderas espaciales.

Las anunciadas maravillas de las regalías para ciencia y tecnología no se han materializado porque, con contadas excepciones, los departamentos han contratado a su antojo con esos dineros sin asesorarse correctamente y con el consabido apetito burocrático que ya conocemos. El Presidente ha dicho que está comprometido con la ciencia y la tecnología, pero que mientras unos le dicen que hay que invertir en innovación, los otros le imprecan que hay que llenar el país de doctores y hacer sólo ciencia básica en física, astronomía y matemáticas. Yo creo que este es un falso dilema. El gobierno debe procurar que quien esté al frente de Colciencias sepa entender el balance entre estos dos aspectos, y comprender que no hay innovación sin ciencia básica, pues aquella no se trata de reproducir los inventos desarrollados en otras latitudes, sino, como su nombre lo indica, de usar los descubrimientos para producir inventos novedosos que beneficien a la población en aspectos claves para su desarrollo. Así mismo, la contratación debe hacerse teniendo en cuenta este balance, y debe establecerse un mecanismo adecuado para que los proyectos financiados utilicen los conocimientos de nuestros científicos más aventajados, esos que publican 10 artículos científicos al año, y se materialicen en soluciones para la sociedad y la industria.

Estoy seguro que el Dr. Cuero no es el único científico colombiano con patentes registradas en el extranjero. Estoy convencido de que las críticas al Dr. Cuero no han estado fundadas en el racismo, como lo siguen sugiriendo algunos periodistas que parecen no querer admitir sus propias fallas de investigación. Más bien, creo que lo condenable en su caso es haberse dedicado a producir jugosos contratos para su fundación apoyándose en sus aparentemente exagerados logros, en lugar de liderar un verdadero programa de innovación en Colombia, si es que sus resultados lo ameritaban. Eso sin contar lo éticamente reprobable de exagerar su hoja de vida en detrimento de quienes en Colombia siguen intentando, a veces de manera infructuosa, hacer innovación de verdad. La discusión no se puede quedar en la banalidad de quién es el científico que más publica en Colombia o en el extranjero, sino que tiene que ocuparse de cómo hacer para que los inventos e ideas de Cuero y de otros científicos colombianos, de los que hay muchos y muy capaces, no vayan a parar a la NASA, sino que se queden en Colombia mejorando las condiciones en las regiones y dando a la industria el empujón que necesita para que cuando se deje de consumir café en Europa, tengamos algo que ofrecerle al mundo.

domingo, abril 28, 2013

Carta de una hija a su padre comunista


Querido papá,


Probablemente lo habrán pensado todos y no sólo yo, pero creo que para la reunión del 1ro de mayo sería importante hacer una referencia a los hechos de los últimos días en Bangladesh. ¿Tienen algún partidario/invitado que venga de allí? Se le podría pedir un testimonio de parte de sus connacionales involucrados. Sé que ustedes siempre apuntan a los datos y a la racionalidad, pero pienso que un poco de sana empatía con los obreros lejanos, en una óptica de verdadera solidaridad internacional, sería apropiada para la ocasión.

Por desgracia, imagino que sucederán muchos de éstos accidentes culposos (espero que no del mismo porte) en todas las fábricas del mundo, pero hoy especialmente me conmoví leyendo que todavía en la actualidad las cosas siguen sin cambiar, sobre todo en los países aún en vía de industrialización. El trabajo mal pagado y sin derechos es la norma, como en la Europa del siglo XIX. El 90% eran mujeres con un salario seguramente ridículo y privadas de sus derechos, justo como entonces. También los accidentes son como los de entonces, y por la negligencia e indiferencia de los patrones  (por no llamarla innoble avaricia y aridez humana), producen cientos de víctimas en un sólo golpe.

Claro, suceden en la periferia del mundo (que demograáficamente, en cambio, no deberíamos subestimar). No hay jihadistas involucrados, sólo el beneficio de los gerentes locales, y lo que es peor, los grandes mercados occidentales que explotan la mano de obra local para poder perpetrar por doquier las injusticias y abominable negación de los derechos más fundamentales. Un ejemplo tan evidente de la manipulación de las noticias. No es que no lo hayan mencionado, pero la diferencia es notable al comparar la cobertura minuto a minuto de la "cacería del hombre" aquí en Boston, por ejemplo.

En fin, en esta tarde primaveral me he percatado "placenteramente" de que aún soy capaz de indignarme y de sentirme solidaria también con aquellos que no conozco, pero que sé que existen.

Te quiero mucho, te admiro por tu compromiso de vieja data con tus ideales (léase con aquello que esos ideales implicarían en un mundo futuro), y por tener fe todavía en la posibilidad de una sociedad diferente.

Tu hija,
Flora


domingo, abril 21, 2013

Las mil caras del terror

Tamerlán fue el nombre de un conquistador turco-mongol de quien ya nos ha contado Enrique Serrano. Vivió en el siglo XV y gobernó sobre gran parte de Asia meridional y central -incluídos el Daguestán y Chechenia- con la falta de escrúpulos de quien se creía heredero indiscutible de Gengis Kan. En su alevoso delirio, se veía a sí mismo como un instrumento del Señor y para él no existió nunca una diferencia entre su imperio y la religión musulmana, a tal punto que llegó a adoptar el sobrenombre oficial de "la espada del Islam". Sus violentas campañas causaron la muerte de 17 millones de personas, una porción considerable de la población mundial en aquellos tiempos.

Otro Tamerlán, pero de seis siglos después, acaba de saltar a las páginas de la prensa internacional como sospechoso de los atentados que la semana pasado cobraron la vida de tres espectadores que lanzaban vítores a los corredores de la famosa maratón de Boston. Los indicios apuntan a que fueron Tamerlán Tsarnaev y su hermano menor quienes dejaron dos bombas artesanales en medio de una multitud alegre que esperaba a los deportistas cerca de la línea de meta. Los hermanos nacieron en el seno de una familia chechena en el Kirguistán, otro de los territorios antiguamente gobernados por Tamerlán el conquistador, pero habrían podido nacer en otra parte. Por desgracia, hay que decir que son sus creencias musulmanas lo que parece justificar ante la nerviosa opinión publica norteamericana el impresionante despliegue de fuerza que se apoderó de Massachusetts el pasado viernes, cuando nueve mil hombres de la policía y otras fuerzas especiales se dieron a la cacería de los sospechosos en un operativo sin precedentes.

No lo digo a la ligera. Me impresionó leer un artículo en The New Yorker en el que parece quedar claro que hay quienes se convierten en sospechosos por el hecho mismo de ser quienes son, de lucir como lucen, de creer lo que creen, con el agravante de que a pesar de estar heridos son primero sospechosos antes que víctimas. La primera reacción de la opinión pública ante una acto de violencia como las bombas del lunes es la de buscar a un gran enemigo detrás del ataque, y a veces las acciones de las autoridades parecen ceder a las presiones de la opinión y no a la fuerza de la evidencia. Antes de que se revelara la identidad de los sospechosos, amplios sectores daban por descontado que se trataba de jihadistas con motivaciones similares a las que impulsaron los atentados del 11 de septiembre, de fanáticos religiosos como Tamerlán el Conquistador u Osama bin Laden.

Mas allá de las verdaderas razones del ataque, para mucha gente aquí parece no haber una distinción entre los muchos posibles motivos que pueden tener algunos para atacar los intereses norteamericanos de manera violenta, todos los cuales considero repudiables. Para muchos aquí no parece haber una distinción entre un musulmán y un terrorista. Para muchos aquí no parece haber una distinción entre el Islam y el Sijismo -hace unos meses una mujer latina empujó a un hombre hacia los rieles del metro de Nueva York porque éste llevaba puesto un turbante-. Para muchos aquí no hay una distinción entre Chechenia y la República Checa -el embajador checo tuvo que salir a los medios a explicarla-. Y en medio de tanta confusión, lo único que parece quedar claro es que los Estados Unidos tienen entonces la autoridad moral para suspender derechos, torturar sospechosos, o invadir territorios, con el pretexto de defender a los inocentes que salen a la calle pare disfrutar de eventos deportivos.

Todo porque un gran enemigo justifica métodos estrictos. El gran enemigo une a la nación, produce muestras espontáneas de patriotismo (esta semana vi dos nuevas banderas rojas, blancas y azules sobre portones de mi calle), genera cuantiosas ganancias para los medios que transmiten la persecución en vivo, y hace más digeribles los excesos en defensa de la libertad. Todo lo cual están los norteamericanos en su derecho de sentir o apoyar, siempre y cuando la mayor democracia del mundo no incurra en el error de convertirse en el gran enemigo. Un influyente columnista de Fox News sugirió en Twitter que la solución a la cuestión musulmana es matar a todo aquel que profese el Islam. Un ejército de marines arrasando ciudades en Asia parece una realidad menos improbable en momentos de fanatismo como el que generaron los cobardes ataques de Boston, pero también es una realidad muy parecida a la del fanático musulmán del siglo XV arrasando las ciudades de sus hermanos. Por suerte esta vez podemos evitarla.

@juramaga

El árbol de pagoda

Ya nadie se detiene por azar en los puertos balleneros del sur de Massachusetts. Las calles de New Bedford, Edgartown, o Nantucket, por donde solían pavonearse los ricos armadores y los toscos cazadores de cetáceos, están ahora llenas de turistas rozagantes que van de un lado a otro registrando con sus cámaras los vistosos portones, sobre cuyos vados se esculpieron con esmero esbeltas ballenas de madera hechas a propósito para recordarle al dueño de casa su única e inapelable misión: la de hacerse a la mar con el arpón empuñado y atravesar a la primera oportunidad la piel acorazada del monstruo.

Antes, en el siglo XIX, el mar arrojaba a los navegantes contra las rocosas salientes de la costa. Las tormentas eran frecuentes y violentas, y su furia descontrolada poco tendría que envidiarle a los ciclones tropicales que hoy arrasan ciudades enteras. Ebrios, algunos hombres se hacían a la mar en la oscuridad de la noche sin pensar en sus familias, y aunque casi siempre eran tragados por las aguas vertiginosas de las dos de la madrugada, a veces amanecían exhaustos en la costa o eran rescatados por la tripulación de un pesquero que regresaba de una larga jornada en altamar. Así le sucedió, como sabemos, al desgraciado Arthur Gordon Pym aquella noche funesta de Edgartown en que se dejó llevar por los consejos alcohólicos de su amigo Augustus.

Eran tiempos de inviernos largos e incisivos. A los hombres se les medía por su valentía y la valentía se medía en litros de aceite de ballena. En esas costas vivieron y murieron muchos hombres comunes, cuyo arrojo no les bastó para quedar grabados en las gloriosas páginas de la historia. De poco les valió arriesgar su vida en cada salida al mar, de poco les valió enfrentarse al cetáceo frente a frente, un hombre diminuto contra el mamífero más grande de la creación, un despropósito arriesgado, la más peligrosa de las empresas. Otros dejaron huella, pero no por su habilidad con el arpón o su destreza en el mástil, sino por cantarle al mundo la vida difícil del mar. De allí zarparon no sólo el Grampus de Arthur Gordon Pym, sino también el Pequod de Ishmael. ¿Cuántos sueños nacieron allí y cuántos sueños quedaron allí mismo truncados? ¿Cuántos hombres se lanzaron al mar buscando la gloria para encontrar sólo la profunda muerte del mar?

Hoy ya nada nos queda de esas hazañas, todo se ha reducido a fotografías digitales registradas en memorias de silicio. Hoy se extinguen las ballenas, pero entonces se extinguían los hombres, y sus únicos dolientes eran las esposas y los hijos, que se quedaban esperando para siempre con la mirada clavada en el horizonte. Algunos regresaban, y traían cosas maravillosas de sus viajes lejanos. Luego morían de viejos en la tranquilidad del viento marino que entraba por la ventana.

Uno de los que regresó fue el capitán Thomas Milton, que había nacido en Inglaterra en 1804 y que al final de su vida de marino navegaba para el armador bostoniano William Gray. Cuando desembarcó en Edgartown después de su último viaje a la Indias Orientales, traía entre las manos una minúscula maceta que contenía el retoño de un árbol de pagoda. Se lo había regalado en Shanghai un maestro del arte penzai que además había sido su amante. Al entregárselo, le recomendó que lo mantuviera en su estado miniatura, cortándole nuevas ramas a medida que nacían y evitando la expansión de sus raíces. Pero el capitán Milton estaba demasiado acostumbrado a la inmensidad de las ballenas como para cultivar árboles en miniatura, así que lo sembró en su jardín con la esperanza de morir algún día bajo su sombra. Ayer abracé en Edgartown el tronco de un árbol de pagoda gigante. La inscripción decía que es el más grande de su tipo en el continente.

  @juramaga

viernes, marzo 02, 2012

Rebelión

En Guadalajara me encontré sin proponérmelo con el único vestigio de una rebelión perdida en los siglos, tan insignificante en términos históricos que no ha quedado registrada en crónica alguna, ni son mencionados los eventos que la componen en ninguno de los gruesos volúmenes donde se compila la historia de Cartagena de Indias, pero que por valerosa y justa ha llegado hasta nuestros días en forma de versos octosílabos rimados untados de clamor africano.

No conozco los detalles de cómo esa pieza de cerámica, una vasija esmaltada con brillantes trazos de cobalto e incrustaciones de lapislázuli, viajó sin quebrarse desde los puertos de Manchuria, poco después de su elaboración en tiempos del Emperador Jiajing y durante la guerra contra el Mongol, y cruzó el Mar del Sur hacia Singapur. Sé que permaneció por casi cincuenta años en esta ciudad antes de ser recogida por la tripulación de un bergantín holandés que la trajo a Europa malamente envuelta entre sedas de Tailandia y mezclada con los bultos fragantes de azafrán y canela.

Tampoco sé muy bien bajo qué designios del destino el vaso salió clandestinamente de Amberes entre las pertenencias de un próspero comerciante católico que escapaba de la furia religiosa del Duque de Anjou, cuando éste decidió tomarse la ciudad por la fuerza tras los avances belicosos de los protestantes. Pero sé que de algún modo encontró su camino hasta los confines del Imperio Español y salió intacta en la primavera de 1610 del puerto de Cádiz (así quedó registrado en la base, donde aún se aprecia el sello de aduana de Felipe III) como parte del ajuar que llevaba consigo el Primer Marqués de Valdehoyos, amigo personal del Virrey del Perú y digno heredero de sus ancestros andaluces, quien ese año obtuvo licencia real para llevar esclavos y cereales al Nuevo Mundo.

Cuando la tuve entre mis manos en Guadalajara sentí las brisas, las olas y el polvo de sus viajes. Pocos objetos habían causado en mí un efecto tan demoledor de curiosidad como esta pieza pequeña de porcelana que ahora servía de maceta a los descendientes mexicanos del poeta tuerto de Cartagena. Las gardenias coloridas que llevaba dentro no lograron desprenderla del peso de su misterioso destino. El sello indicaba que había salido intacta de Cádiz, pero pronto noté que estaba cruzada de sutiles grietas, que había sido cuidadosamente reparada, y los guijarros en que se había convertido puestos juntos de nuevo, con una meticulosa paciencia que hacía casi imperceptibles las consecuencias del accidente que la destruyó en pedazos.

Para enterarme de cómo la vasija de porcelana china que resistió la travesía del Océano Índico, los odios religiosos de Flandes y las tempestades azarosas del Atlántico sólo para venir a romperse sin remedio en un lujoso salón de Cartagena de Indias, tuve que escarbar, luego de mi regreso a Colombia, entre los archivos conservados en la impresionante mansión amarilla del marqués en la calle de la Factoría de la ciudad amurallada, y que se componían casi en su totalidad de mamotretos contables donde se registraron las llegadas de innumerables buques cargados de trigo, cebada, mijo y avena. Pero una pequeña parte del archivo estaba dedicada a la relación de los esclavos de Guinea, tanto los legales que llegaban desde la Española con permiso de Su Majestad, como los clandestinos que llegaban encadenados y enfermos a Getsemaní desde el puerto miserable de Nombre de Dios.

Entre los últimos documentos, ya casi carcomida por el trajín de los siglos y la humedad del Caribe, me encontré la relación verídica de una historia que estremeció los cimientos de la jerarquía colonial en este rincón de América, la historia de un puñado de africanos que se levantó en armas contra la autoridad incuestionable del marqués de Valdehoyos, y contra quienes fue necesaria toda la vehemencia de la autoridad real en Indias. En aquella ocasión los negros llegaron incluso a tomar el control militar de la ciudad por varios días, se replegaron en el fortín de San Felipe y sólo salieron de allí y entregaron ballestas y arcabuces cuando se les prometió que un juez de residencia examinaría las condiciones en las que eran tratados por la compañía trasatlántica del de Valdehoyos.

Tal vez nadie me lo crea, pero todo este tropel de insurrección que Cartagena ya casi había olvidado, se inició por amor: el amor más profundo que podía existir en aquellos tiempos indignos de esclavitud y maltrato y que es el amor que un hombre negro y encadenado profesaba a su mujer, que no por ser esclava como él dejaba de ser la reina absoluta de sus pensamientos. El señor marqués cometió la torpeza fatal una mañana de febrero, cuando encargó a la más bella de sus esclavas, a quien sus compañeros de desgracia llamaban Zinna -él sólo la llamaba "esclava"-, de cambiar los manteles del salón para preparar la visita aquella noche del Gobernador de la Guajira. Cuando Zinna terminó de poner los nuevos manteles de lino blanco, derramó por descuido una botella de vino de Oporto que estaba abierta sobre la mesa recién decorada. Valdehoyos no encontró mejor castigo que abofetearla sin cruzar palabra y mandar que la pusieran en el corral de los cerdos por el resto de la tarde.

Con tan mala fortuna que en ese momento entraba en el salón el negro Adamar, cubierto en polvo y sudor tras haber cargado las viandas del banquete desde el puerto, y quien ya antes de salir encadenado de las estepas de Guinea estaba perdidamente enamorado de Zinna, princesa de su tribu y de su corazón que fue apresada el mismo día que él por mercenarios portugueses y traída a Panamá en el mismo barco hacinado donde comenzó su compartida miseria. Adamar lo había soportado todo desde entonces, porque la presencia constante de Zinna en la casa doblegaba todos sus rencores y moderaba sus bríos, pero no pudo aguantar verla ultrajada por un negrero déspota que no sólo comerciaba con su hermanos, sino que además los trataba como perros. Y fue así como se rebeló aquel negro guapo, y agarrando lo primero que encontró a su alcance, una vasija de porcelana de la dinastía Ming que estaba sobre un pequeño mesón, tomó venganza por su amor y embistió al marqués, golpeándolo sin misericordia con la porcelana, que se hizo pedazos en el acto, mientras gritaba en el castellano que había aprendido en cinco años de humillante servicio: "!No le pegue a mi negra!".

Los negros que estaban en la verja de entrada escucharon el estridente grito y el ruido de la cerámica despedazada y acudieron de inmediato a respaldar a su hermano, sin saber que de esta manera estaban iniciando el único levantamiento exitoso de esclavos negros contra amos europeos de que se tenga noticia en la historia colonial de Cartagena. Los supersticiosos, que son muchos en el Caribe, dicen que el grito de amor de Adamar aún se escucha en la verja cuando se pasa frente a la mansión de la calle de la Factoría. Un recuerdo perenne de cómo la fuerza del amor rompe las más infames cadenas.

Sería extenderme demasiado contar cómo después de la insurrección el vaso de cerámica fue reparado y puesto de nuevo en su lugar original en la casa, para luego convertirse en escupidero del Libertador en su postrero paso por la mansión dos siglos después y más tarde en inspiración del poeta López en sus tardes lejanas de zapatos viejos. Así que sólo diré que el privilegio de tener entre mis manos aquella pieza que, como otro florero famoso, guarda memorias de rebelión, me recordó una vez más los padecimientos de un pueblo entero y su reclamo eterno de justicia.

jueves, enero 19, 2012

A los visitantes: trasteo

Hola. Hace algunos meses me mudé y ahora escribo un blog en la revista digital Kienyke.com. Pueden encontrar mis escritos aquí:

http://www.kienyke.com/komunidad/author/elastronauta/

Saludos.

jueves, agosto 25, 2011

¿Y la ciencia qué?

Colombia es un país de letras. Un país de literatos, de poetas y de autores. Un país de libros que procura manetener vigente su fama internacional de pulcritud idiomática. A diario los colombianos en el exterior reciben congratulaciones por su refinado castellano, por su dicción pausada y melódica. Y también por sus autores, clásicos y contemporáneos: por José Asunción Silva, Rafael Pombo y José Eustasio Rivera; por García Márquez, por Mutis y por Juan Manuel Roca. De manera que hemos terminado por creer, con razón o no, que hablamos el mejor español del mundo. Hemos tenido un presidente poeta y dado cuna a uno de los seis Premios Nobel de literatura que han salido de Latinoamérica. A nuestra capital llegaron incluso a llamarla (¿quiénes?, me pregunto yo) la Atenas Sudamericana.

Pero en algo no nos parecemos a la Grecia Clásica, a la Atenas de la Akademia Platónica, y es en que la patria de Pericles, al tiempo que produjo grandes historiadores y brillantes dramaturgos, también produjo hombres de ciencia que llegaron a cambiar la concepción de la naturaleza basados en un conjunto de ideas que hicieron de la observación y el análisis lógico la herramienta principal para extraer conocimiento del Cosmos. De allí surgió Epicuro, que como Demócrito hablaba de átomos y de cómo la naturaleza era regida por sus interacciones. De allí nos vino también Anaximandro, quien por primera vez propuso un modelo mecánico del mundo y habló de múltiples mundos en otras estrellas lejanas. Y de los polvorientos desiertos de la Libia griega surgió Eratóstenes, que llegó a calcular el tamaño y la curvatura de la Tierra usando sólo un par de estacas clavadas en el suelo.

Colombia no sabe de ciencia. No sabe de ciencia como nación, pues es innegable que existen en el país reconocidos y excelentes grupos de investigación. Es un semillero prolífico de brillantes estudiantes y de afamados científicos que tienen que irse a aprovechar sus cerebros en otras tierras. A diferencia de otras naciones latinoamericanas que ya cuentan con una sólida estructura científica y tecnológica, empezando por una inversión muy superior al irrisorio 0.18% del PIB que invierte nuestro país en ciencia y tecnología, Colombia está rezagada, muy rezagada, y me temo que aunque siga produciendo esos grandes literatos que nos son tan necesarios, lo seguirá estando a menos que todas las instancias de la sociedad colombiana se apropien del conocimiento científico y reconozcan su provecho como motor económico y de desarrollo. Brasil acaba de firmar un millonario contrato con el Observatorio Europeo Austral (ESO) para entrar a hacer parte del complejo astronómico más grande del planeta, que cuenta con los telescopios más potentes del mundo. Con esa inversión Brasil no sólo descubrirá nuevos planetas, sino también nuevas maneras de combatir la pobreza.

Pero de la mano de una inversión sólida por parte del Estado (a propósito, ¿en qué va lo del uso de las regalías para inversión en ciencia y tecnología?), debe venir una apropiación de la ciencia en todos los niveles de la sociedad. Los colombianos necesitamos empezar a hablar de ciencia, a disfrutar de la ciencia, y a beneficiarnos de sus métodos y resultados, más allá de las escuetas noticias científicas que aparecen una vez al mes en la sección de curiosidades de los periódicos. Por la sencilla razón de que los descubrimientos científicos despiertan la curiosidad y fomentan el pensamiento crítico de las generaciones jóvenes. Y porque un pensamiento estructurado y crítico de sus jóvenes es lo que necesita una nación agobiada por los fantasmas que son producto de las leyes de la selva que nos rigen desde nuestra independencia: violencia, corrupción, esoterismo. Por supuesto, la discusión científica no es la única manera de lograrlo, pero si la miramos en el conjunto de todos sus demás beneficios, es tal vez la más provechosa.

Por eso inicio hoy este blog. Para divulgar, pero sobre todo para discutir asuntos científicos desde mi modesta posición de jóven investigador, que me será sin duda insuficiente para proveer una visión completa de lo que pasa en el mundo científico. Quisiera contribuír un poco al trabajo de muchos otros divulgadores que acercan la ciencia al público general y motivan a las nuevas generaciones. Pero sobre todo quiero que con cada nuevo descubrimiento científico, los lectores vean una oportunidad de liberar a Colombia de sus fantasmas. Ojalá me lean.